El día 27 de noviembre es la festividad de Madre Catalina, beatificada en el 2017 por el papa Francisco. A menudo estos reconocimientos de la Iglesia católica a determinadas personas revisten una gran solemnidad; y desde allí perdemos la dimensión de la simpleza de quienes trabajaron por crear mejores condiciones de vida y lograr que el mundo sea como Dios manda: un lugar donde los sin domicilio, sin pan, sin educación, sin porvenir, puedan proyectar una existencia más allá de sus destinos de orfandades. Cuando esbozamos o describimos vidas como la de Catalina de María, caemos en la trampa de cubrirlas con un halo de santidad petrificada y con un rostro deshumano. Para no visualizarla en la estampita acartonada con aura luminosa y deslucido hábito grisáceo, es coherente pensarla como una mujer de luchas externas para lograr que la educación pueda llegar a las mujeres como política pública, y como una mujer de luchas internas entre la humildad y la soberbia, la fe y la desesperación, el camino florido y el atajo lacerante. Fue enérgica, decidida, con argumentos convincentes, con ideas testarudas, escribiendo interminables cartas para lograr su propósito de fundar la primera congregación de vida apostólica argentina, la Congregación de las Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús. El nombre de “Esclavas” resulta increpante en este tiempo de luchas por libertades y emancipaciones. Huelga decir que existen sometimientos que liberan (como someterse a un plan de lucha contra una adicción) y libertades que se exacerban y terminan encarcelando. Paradójicamente, su fundación de “esclavas” arremetió contra esa configuración social de mujer oprimida por el analfabetismo y el “no lugar” en las escuelas. Más aún, para los que creemos, enalteció con su vida el rostro de un Cristo tantas veces profanado y señaló una forma de humanidad que roza los límites de la divinidad.
Graciela Jatib
gracielajatib@gmail.com